domingo, 20 de abril de 2008



Recordarás el estallido seco de la tierra.

Te hundirás en ella con los pies abiertos
y soportarás,

con la razón amordazada,

el latido de su terco corazón,

terco.

domingo, 6 de abril de 2008



Infinita lejanía la del abrazo que no aniquila al mundo.



lunes, 31 de marzo de 2008


Y dejarme caer en partes iguales.


Y acabar la tarde hueca y enmohecida.


Siguen viniendo, con más fuerza, a golpes en el vientre el hígado contra el corazón, la garganta contra la boca, los ojos retroceden, son bajos, hasta el centro del estómago oscuro, donde los párpados ya no son atravesados por el sol tardío.


Leo laberintos escritos en mi propio idioma.


Pienso en ti por anticipado, sin consuelo.


Vuelvo al momento justo de la vida, que aún no ha terminado, la mujer gritando generaciones enfurecidas a través de las piernas para darme la vida, el mandato de su eco perpetuado en todos los silencios menos vastos que la muerte, y yo, con tantos ruidos


curioseando en tu sombra de perfil no parece que se acabe adivinando si nosotros, que somos tantos


al menos podremos arañarnos



quién sabe.

sábado, 22 de marzo de 2008

Tres:


Dos:



Uno:



Cero.

lunes, 17 de marzo de 2008



Ángela tiene unos ojos increíbles. Cada uno de ellos tiene en el centro un círculo perfecto de color negro. El negro no es un color, porque se traga la luz, como la noche, aunque la noche tiene también puntos de luz, como los círculos negros de los ojos de Ángela de cerca son más grandes, y tragan más. No deben mirarse a la vez. Si los miras a la vez, te acribillarán, así que sólo estoy mirando uno, el izquierdo. Ahora es algo mayor porque en la mitad izquierda de su cara da la sombra. Me cuenta que está cansada.

- Y quién no -le digo a su ojo izquierdo, no a su oído- esta mierda nos toca a todos, ya lo sabes.

Cuando le digo ya lo sabes le estoy hablando a ella. Le estoy recordando cosas infinitas que ella sabe y resume en un ya, mientras fuma.

- Y tú, ¿qué tal?

- Me ha crecido un gato en la espalda que me está desgarrando la carne mientras hablo a tu ojo porque no he vuelto a hablar a ningún ojo aquí –pero esto no se lo he dicho- bien, genial.

El gato que me ha crecido en la espalda, dentro de unas horas será indomable, pero hasta entonces, podemos apurar el tiempo tomando café caliente a pesar de estar sudando, y comenzar a desgranar, al azar, cualquier cosa. Divertirnos. Silenciarnos. Escupir ideas sin orden de prioridad alguno ni que eso importe, porque una vez que comienzas a escupir, es difícil parar, aunque ya te hayas ido. Pueden haber pasado días y aún sigues intentando arrancarte el gato, ordenar las ideas (cuando intentas ordenar ideas, éstas se reproducen), llegar a ninguna parte conocida, acostumbrarte a sentirte satisfecha con todas ellas moviéndose aquí y allá como peces dentro de una pecera estanca dentro de tu cabeza detrás de los puntos encogidos que tienes en los ojos, que apenas pueden verse.

En la oscuridad, el círculo por fin se hace más grande. Puedes adentrarte en él, y nadar, abriendo la boca como un pez. Otra vez, nadar, beber, comer, otra vez, dientes, agua, fría, caliente, no es por los dientes. No es por el ojo ni por el asiento ni por estar ausente en el estanque todo lo que ves es silencio confundido pero no es muerte, no. Los bancos de peces girarán al tiempo. Yo sólo quiero estar allí para verlo.

domingo, 9 de marzo de 2008



Decía que de noche le crecían bolas de barro en las manos. Primero, decía que antes de dormir, le crecía algo. Más tarde, que eran bolas de barro.

Me gustaría saber si aún lo sigue pensando.

También que el tiempo se podía plegar con una pinza de tender la ropa. Apuntaba cada fecha en el calendario y luego, de vez en cuando, volvía las hojas hacia atrás, contaba los días sin marcar, hacía gestos indescifrables como si yo no estuviera (yo fingía no estar, como siempre), suspiraba como si el aire que tuviera dentro fuera un gas corrosivo e irrespirable, se dejaba caer, se levantaba, regresaba, sufría plácidamente.
Era envidiable.

A pesar de mi escepticismo, reconozco secretamente, que fue capaz de hacerme dudar. Afirmación que significa que ya la duda no es secreta. Ni tan siquiera duda. Por mucho que intente decir que no sé, que no afirmo, que no creo, lo cierto es que cuando abres la boca para decir quizá, justo en el momento en que tu lengua titubeante adopta la posición precisa, los labios se estiran, las cuerdas vocales se abren al paso del aire que sube del estómago y por tus labios comienza a salirse, primero lento, luego, rítmico, finalmente a borbotones tu pensamiento, da igual que siembres tu discurso de tantas vacilaciones como te sea posible, que evites mirar a los ojos que tienes enfrente, que juegues nerviosamente a sacarte la negrura de las uñas, da igual. A ese milagro de la duda que se escapa de tu boca, cuando ya no la puedes volver a tragar, a esa duda hinchada que ha sido lo suficientemente fuerte, no le queda más que hacerse certeza; a tí, sin embargo, no te queda más que esperar que se haga caso omiso al respecto.
No digo por tanto, que quizá pudiera plegar el tiempo.
No digo que pudiera convertirse en aguja de coser aquellos días separados en el calendario. Es sólo que, quizá creía que todo sucedía a la vez y a la vez era pasado, no sé. Tal vez, no era más que su manera de verlo, que por supuesto, yo no comparto. No es que piense que en el fondo, lo que has vivido siempre está ocurriendo porque la huella de la vida se acumula y no se borra y se te queda en la espalda cuando dices atrás, no. Ríes, y ya está. Ríes con la mueca torcida del llanto, repartiendo alivio. No agujereas el tiempo. Evitas llorarte a escondidas para que nadie entienda que así te sientes más viva. O más convencida, qué más da.

Y además, a quién le importa.

Seguramente, nunca le crecieron bolas de barro en las manos. Seguramente, dormiría con la cara hundida en la almohada, con los brazos pegados a su cuerpo recto, las palmas abiertas boca arriba y los dedos verticales, largos. Se diría que agarraba fuerte el hueco que se contenía en ellos y que apuntaban muy alto, más aún que el techo. Se diría incluso, que de haber tenido barro en las manos, se lo habría tirado a la mismísima cara del cielo.
bbb

lunes, 3 de marzo de 2008

bbb
Aún los pájaros, heridos por la luz

le siguen gritando a la madrugada.
bbbb
bbb

martes, 26 de febrero de 2008




Tiene que decirle que es como tener las tripas cogidas con tenazas.
Que le duele y no sabe dónde.
Tiene que alcanzarla antes de que cruce la calle. Tiene que detenerla y no perderla de vista entre la gente gris, la atmósfera gris, los días grises que le desdibujan el contorno que también es gris humo inhumano que ya no le cabe en los pulmones. Y decirle que tiene que decirle que su pelo es rojo.
Y que sólo ella tiene el pelo rojo.
Y que hace tiempo que ya nada es rojo.
Que rojo es saltar al vacío desde ninguna parte. Roja la sangre púrpura escapando de sus venas antiguas rellenas de nada. Su nada fiel nada acogedora su nada ni viva ni muerta su miedo aterrado y su patrimonio, su mimesis desbocada de sí mismo tan inmensa que le arranca y corre llamándola a gritos porque todo él se ha convertido en grito, en mimo en el desierto, en chillido de carne a través de leguas de tierra sembrada de masas mortales cubiertas de polvo que ni siquiera se ven, apenas se entienden pero se nombran y se saludan y se hacen llamar hombres. Hombres distintos. Colisiones de masas. Él persiguiendo un cabello rojo. Él cargando su propia gravedad de hombre colgado del revés ensartado en lo alto del pararrayos del tiempo que vuela, y lo sabe, y por eso corre aunque tropiece, aunque ruede por el suelo se levanta y sigue corriendo porque tiene que darle alcance. Debe conseguir que le mire, pedirle que le salve, decirle que le explotan los errores en las manos, que a nadie parece importarle que un cuerpo reviente en pedazos a su lado, cuando el cuerpo que estalla es una esfera grande y redonda de lluvia traslúcida con cientos de puntos minúsculos que dejan de ser músculo cárcel mentira epitelio para acabarse sin remedio a un latido de su meta dejándole sin alcance, ni salvación, ni cuerpo desintegrado con el sólo chasquido de unos dedos.
No es más que un crujido en seco. Más que sus huesos cayendo por el suelo, o un sonido.
Tal vez un final diferente, que también acepta.
Descansa.
Sonríe.
Imagina su huella inerte.

Aún no lo sabe, pero alguien se acerca.

martes, 12 de febrero de 2008



Martina siempre ha querido llamarse así, aunque no lo supo hasta hace unos días. Debía de ser por la mañana, porque el sol entraba por la ventana de la derecha, y cuando lo hace por esa ventana, normalmente colorea todas las cosas que encuentra a su paso tan firmemente, que las despierta.

A pesar del sol de aquella mañana, yo aún no había reparado en su presencia, porque Martina suele ser invisible y yo no intento buscarla. Además, a ella no le importa. A ella le preocupa más su nombre. Recuerdo que la última vez que hablé con ella, tratamos de encontrarle uno.

- Si fuera chico me gustaría llamarme Javier, me dijo.

En realidad, en aquella ocasión se llamaba Javier. Tenía unos preciosos rizos dorados que le hacían parecer casi diez años más joven. Me lo encontré por sorpresa proyectando sombras chinescas frente al sol de poniente. O eso creí yo, porque cuando me acerqué a preguntarle qué hacía, me dijo que juntaba las líneas de sus manos, para que tuviera sentido.

- ¿El qué? –le pregunté.

Me cogió las manos con las palmas boca arriba y me señaló tres líneas.

- No se tocan -le dije yo, mientras le miraba intentando averiguar a quién me recordaba.

- No importa –contestó, y cogiendo un lápiz rojo, unió dos de ellas- así ya sólo serán una.

Hubiera querido protestar. Aquellas líneas continuas me parecían una estafa. Una marca es como es, y yo tengo líneas separadas y son mías. Discontinuas, inconexas, finitas, mías. Mis manos pintarrajeadas no tenían más sentido, e intenté decírselo. Intenté detenerle. Intenté explicarle, mientras dibujaba, que a veces las cosas son como son, y no puedes inventarlas. Quizá le hubiera convencido, no lo sé, porque no fui capaz de pronunciar palabra alguna. Cuando terminó, giró las muñecas, y me enseñó sus palmas.

- Mira.

Eran tan blancas y tan finas que se podía ver la tierra a través de ellas, como cuando miras a través de un cristal sucio. Sobre el cristal sólo había un largo trazo rojo que él mismo se había pintado. Abandoné la idea de hacerle más preguntas, y él, ignorando mi mutismo, soltó mis manos, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, y me confesó cabizbajo que no sabía cómo le hubiera gustado llamarse de haber sido chica. A mí me parecía una idea absurda, pero barajamos algunos nombres sin mucho acierto. Quizá durante mucho tiempo. Luego estuvimos hablando de él. Me contó que era feliz, que viajaba y sabía idiomas, que no solía tener miedo, y que se sentía libre. Yo estuve escuchándole hasta que volvió a hacerse de noche, y luego, le olvidé para siempre.

Como iba diciendo, aquella mañana yo me dedicaba a esperar que se vaciara la pereza en el desayuno. Si alguien hubiera podido verme por un agujerito, seguramente habría pensado que todo iba bien. Acto seguido, se habría aburrido y habría buscado otro agujerito por el que observar a alguien más atormentado. Y no le culpo, a veces la paz de los demás puede resultar desesperante. Quizá por eso la gente elige la soledad para evadirse, para así no aburrir a nadie. Quizá por lo mismo por lo que se elige el silencio para oír mejor. Un silencio en el que un quiero llamarme Martina susurrado al oído hace que te incorpores de un salto.

Fue entonces cuando la vi. Supe de inmediato que esta vez me resultaría más difícil ignorarla, porque ahora había encontrado el nombre que le faltaba. A juzgar por el tamaño de sus ojos, esta vez debía de ser una niña. Estaba de pie junto a mí, y aunque parecía más alta, apenas me llegaba a la cintura. Creo que esperaba que le dijera algo, pero no lo hice. No creo que comprendiera que ella era una intrusa, y que yo no soy amable con los intrusos, pero aun así, no pareció decepcionada. Incluso aunque parecía casi tan real como yo. Cuando empezaba a albergar la tentación de acercarme, di un paso atrás, me concentré, miré más allá de ella, y comenzó a desaparecer.

Tardó más tiempo que otras veces en borrarse, pero creo que no le dolió. Ni siquiera se dio cuenta. Mientras Martina se desvanecía, estuvo jugando a pintar animales con acuarelas y sonreía para ella, sin mirarme, hasta que no quedó nada. Luego, recogí los platos del desayuno.

Para entonces ya estaba olvidada.

domingo, 3 de febrero de 2008



Has regresado de tu propia ausencia
trayendo contigo el tiempo
al lugar del abrazo

donde tu pecho avanza pero también cede
ante lo vasto de este hemisferio
y su minúsculo dominio
que se transformará mañana
llenándose de fieras infantiles

y se declarará país
sólo lo que quepa en un rectángulo
y tú estarás entre el gentío
y tirarás piedras a escondidas
y porque puedes marcharte aguantarás aquí

con el frío que hace

cuida que nadie te vea
cruzar los dedos de las manos
cuando afirmes que no te lo preguntas


pero hazlo


cuídate de lo ajeno y la amargura
porque aún desconoces
la magnitud de tus dudas


(pero tú al menos sí que lo sabes).