jueves, 15 de marzo de 2012



(Foto de Manuel Barbancho, mi abuelo paterno)

Yo no viví la guerra ni tengo mucha idea de ella. Lo que sé lo aprendí en los libros de texto y a través de lo que contaron mis abuelos, que no fue mucho. Siempre tuve la sensación de que no se sentían cómodos contándoles horrores a los niños. A veces se les perdía la mirada y les temblaban las manos.

Así, entre retazos de conversaciones, pude ir conociendo algunos episodios. Supe que mis abuelos estaban en el bando republicano. Que a mi abuela Concha le dieron un tiro en la pierna y por eso llevaba muletas y tenía aquel agujero debajo de la rodilla. Que luego estuvo ingresada en el Hospital de Málaga cuando el bombardeo, y tuvo que huir y volver al pueblo andando. Que mis abuelos Alfonso y Manuel estuvieron en la cárcel. Que este último tuvo en la celda de al lado a su padre, mi bisabuelo, que murió de hambre, y que mi abuela Emilia servía por entonces en una casa bien donde pudo refugiarse hasta que las cosas se calmaron. Estas y otras cosas las supe por comentarios que yo no debía oír. Nunca me atreví tampoco a preguntarles.

En general nadie lo hacía. Nadie quería hacerles escarbar en aquellos recuerdos, pero a veces ellos contaban. Una vez mi abuelo Manuel lloró al confesar que todavía le despertaban en la noche los gritos de agonía de su padre pidiendo comida desde la celda de al lado. Luego se dio cuenta de que yo estaba presente. Calló. Apretó los labios y no dijo nada más. Fue la única vez que vi a alguno de ellos llorar.

Yo no sé mucho de la guerra. Tuve suerte de nacer más tarde. Mis abuelos ya no viven y su memoria se perdió con ellos, sólo quedan las pocas cosas que nos contaron. Sin embargo, todo lo que nunca dijeron, todo el horror con el que no quisieron envenenar a sus nietos me acompaña todavía en las cicatrices que vi y en el dolor que atenazaba su silencio. Un silencio con el que se trata de enterrar las cosas que no pueden descansar en paz y son escupidas por la tierra.

martes, 31 de enero de 2012




No conozco a nadie que no haya querido ser alguna vez como ese pájaro. A nadie que no haya soñado nunca con volar, cada cual sobre su propio cielo, en su propia materia inventada. Algunos en horizontes demasiado lejanos, otros no tanto. Hay quien jamás lo reconocería, pero todos hemos querido serlo, aunque fuera por poco tiempo, aunque para recordarlo haya que remontarse a la infancia, incluso aunque haya quien lo ha olvidado por completo: todos queremos serlo, me dijo, simplemente, como si se avergonzara de lo que acababa de decirme y quisiera darlo por concluido.

La bandada giraba sobre su cabeza mientras hablaba.

martes, 10 de enero de 2012

Seis





La llaman La Bóveda Celeste pero no por su color (dirías tú), sino por su ser relativo al cielo. Desde su interior parece más oscura y no se distinguen bien los símbolos que a modo de estrellas dejan pasar la luz. Ecuaciones matemáticas sobre fondo casi negro, casi imperceptibles. Día de sol y frío en esta ciudad en la que aún permanezco.

Que no sea color celeste (y falte tu dedo señalando), o que no sea más que una cúpula que alguien ha puesto en pleno Retiro; que no la hayas visto o que no te piense en algún lugar, celeste también, porque tú no quisiste que te pensara, no me vale hoy de mucho. A veces, ya ves, caigo en la tentación de hablarte y de hacerlo mirando al cielo (permíteme la desobediencia), olvidando aquel polvo inconsistente que derramé al pie de una encina cualquiera cuya ubicación no quise recordar y no recuerdo.

Era lo que tú querías (lo sé bien), solo que dentro de lo que nadie jamás quiso. Dentro del empeño y de la rabia (siempre disfrazada), del valor (a veces débil), y de la imposible despedida (qué decir). Más adentro que aquellas mismas raíces, sucede que, seis años después, vengo a decirte que no quedaste allí, en aquella tierra. No todo se extinguió ni se quedó en silencio, sino al contrario. Vengo a decirte que con el paso del tiempo existes.

Así con los cambios y las rutinas, con las ideas y los males existes. Con forma de recuerdo pero también como sangre, piel, acto. A veces una página, una firma con un nombre que sigue tan vivo como todo lo que ocurre en este trozo de mundo que, testarudo, parece que aún quisiera llevarte la contraria, hombre clavado en su cama. Sobra cualquier cielo para decirte que no todo terminó para siempre y que puede que nunca termine (qué remedio). Será que hasta en eso la vida nos lleva la contraria.


domingo, 25 de septiembre de 2011





Y qué más puede hacer alguien como yo cuando alguien como tú se le desborda
y descubre entonces 
la cruel vulgaridad que habita en todas las palabras.


miércoles, 16 de febrero de 2011

Castillos de arena



Una a veces olvida que siempre hay una primera vez para todo, o que puede que la vuelva a haber. Abrir una página cualquiera, cascar una nuez, quedar con un viejo amigo. A saber. Tantos días después de verle aún sigo pensando en ello. Su manera de decir cambiaste.

Que cambié, quiso decir, con el tiempo. El largo paso de estaciones. Esa sucesión de acontecimientos inesperados desde, por ejemplo, aquel día –mostrador de aeropuerto mediante- en el que nos vimos por primera vez. O eso creemos. Horas antes me habían quitado en el control un bote lleno de arena. Era una de esas arenas blancas y perfumadas que parecen polvo de talco, contenida en un improvisado bote de galletas. No sabría decir para qué.

Le dije: ¿sabes que está prohibido sacar arena de una isla?

Prohibido significaba que revolvieron mi equipaje y extrajeron de él aquel bote transparente con su gruesa tapa de color marrón. El agente lo inspeccionó y, con cierto hastío, me dijo que tenía que requisarlo. Luego lo depositó en un contenedor lleno de objetos inútiles. Bajo la luz fluorescente, brillaba.

- ¿Y para qué querría alguien llevarse arena?

- No sé, para hacer un castillo, o para llenar ceniceros. Era bonita.

Creo que le gustó mi respuesta porque sonrió. Supongo que resulta divertido imaginar un castillo de arena decorando un piso en Madrid. Luego seguimos charlando entre tránsitos y avisos por megafonía; bandejitas de autoservicio y mesas de plástico. Vuelo, aterrizaje, intercambio de teléfonos, despedida. Cuando recibí su mensaje acepté la invitación sin dudarlo. Hace ya varios años de aquello.

Cambiaste, me dijo hace unos días. Y viajo a aquel contendor donde un bote de arena permanece inmóvil mientras me alejo. Prohibido sacar arena, me digo.

Pero nunca volví a intentarlo otra vez.

Tal vez se refiera a eso.

jueves, 20 de enero de 2011


He leído uno a uno todos los poemas de entonces

aquellos que lanzábamos al aire

como pesadas balas de humo

sólo por el hecho

de lanzar

aquellos poemas

del grito y la convulsión

con los que inundamos las calles

y las ahogamos por completo

los de la primera herida en la primera carne

la que más duele

la que prueba su grosor

y se envilece. He leído

palabras escupidas, mordidas, ultrajadas

versos que jurábamos cumplir bajo pena de muerte

juramentos poéticos y alas

el éxtasis como único argumento

otra juventud perdida

que condenar por una boca

y entre sus labios

la promesa de sentir

tanto como un pulso pueda dar de vivo. He leído

que apostábamos dolor

cuando la otra opción era el olvido

que no hubo salvación para nadie

uno a uno, todos los poemas

arrojados por el ventanal de un tiempo

que nos enseñó a morder

a estar hambrientos

que nos hizo ver que volar es un derecho

que no está reservado a los cuerdos.


(A ellos y ellas, cuando lo fuimos)

viernes, 14 de enero de 2011



Llegué con toda la agonía de la que es capaz -escapar- el Madrid inoportuno del nunca es suficiente si puedes tener más.
Llegué con un zumbido de colmena dentro de un estómago hueco.
Llegué siendo mi ausencia, sin querer escribir ni ser.
Sin creer en el tiempo como mejor aliado.
En la nada como único remedio.
Para ser sincera, aun no sé si lo sigo creyendo.
Pero Madrid está lejos, y aquí hace siempre calor.
Y del norte viene un regalo con la forma de una amiga.
Y las ciudades pueden ser ocres o rojas.
Bulliciosas, arraigadas o tranquilas. Como todo.
Cada rincón es un misterio que anhela ser descubierto.

lunes, 10 de enero de 2011

Cinco

El hombre que estaba sentado a mi lado dijo que la gente no olvida, que simplemente toma la actitud de pensar en otra cosa. El vagón comenzó a moverse y yo fingía no escuchar su conversación. Luego dijo escúchame, déjame hablar, nadie se ha olvidado de tí. Se rascaba la cabeza.

Ojalá yo pudiera decirte lo mismo.

Nunca es el olvido sino el tiempo, lo cotidiano, las cosas. Ojalá pudiera decirte que aunque cada vez me cueste más aún consigo recrearte en ese espacio de mi memoria en el que jugamos a las palabras y me preguntas qué tal todo. Qué tal cinco años de vida que sigue como puede sin que tú lo sepas, y que sigue sumando, y seguirá. Contarte.

Que nada es lo que era, que me hicieron daño, que me hiciste falta y no sé cómo aún sigo aquí. Contarte que no habrías podido evitarlo. Dejar que se te agrave la expresión, llorar de nuevo. Recordar. Recuerdos.

El columpio que colgaste de la higuera del huerto.

Los Cuentos al Amor de la Lumbre.

La bicicleta oxidada en la que ibas al trabajo.

Tus ojos azules cuando temblaban de miedo.

Sin más, tus ojos, cuando te digo que hoy se cumplen cinco años y que ya no pienso mucho en tí, pero te recuerdo.

Cuando te digo que la gente no olvida, que simplemente toma la actitud de pensar en otra cosa

que haga más fácil seguir viviendo.


miércoles, 15 de diciembre de 2010




- Al menos tú no sabes lo que es el hambre.

Sus manos temblaban menos al rodear la taza de café hirviendo. Hirviendo hasta abrasar. Afuera el otoño había decidido arrancar todas las hojas de la ciudad. Oscurecer su gris implacable.

Yo no sabía lo que era el hambre.

- No. Claro que no.

Tomábamos café siempre que su estómago lo permitía. Café solo, taza mediana, sin azúcar. Decía que el amargor que le dejaba en la lengua prolongaba el placer durante horas, que no tenía remedio. Me miraba fijamente mientras lo decía: placer. Pla-cer.

Se aseguraba de que entendiera que una vez fue un hombre joven. Pero era inútil: yo jamás lo entendería.

- Aquella miseria de guerras y mendrugos de pan. Tú eres de la generación de la nevera llena, de las oportunidades. Tenéis información, libertad. Podéis elegir quiénes sois y qué queréis. Pero andáis confundidos.

A su espalda, la ciudad había desaparecido por completo, arrastrada por el aire. En su lugar no quedaba más que un desierto. Saboreé el café. Tuve miedo.

- Al menos tú no sabes lo que es la confusión.

Le miré fijamente pero era inútil: él jamás lo entendería.




martes, 19 de octubre de 2010


Y dice Anaís Nin:

"Hay una fisura en mi visión, en mi cuerpo, en mis deseos, una fisura permanente, y la locura la empuja adentro y afuera, adentro y afuera. Los libros están sumergidos, las paginas arrugadas; cada perfección piramidal arde completamente al impulso de la sangre…"

Y quién tuviera el valor de decir lo mismo;
de explicar
cada pequeño baile de monstruos.
(La foto es del Monumento a las victimas del Holocausto, Berlin)