domingo, 1 de junio de 2008



Se quedó tan lejos como un recuerdo cuando no se piensa en nada. Tan lejos como un capítulo prescindible, como ningún motivo. Tan lejos como decir la última palabra, como un Nunca pronunciado por el mar, como la vida cubierta de frío bajo una manta. Simplemente abrió los ojos en la oscuridad del dormitorio y descubrió que se había ido. Nadie la volvió a ver. Nadie supo cómo lo hizo.

jueves, 22 de mayo de 2008


Despertar en la boca del gigante. Tomarte el tiempo en el café. Hacerle esperar.

Elegir la música.

Veo una coreografía de multitudes en escena.

Llamo a la puerta
para salir al vacío.



Mil vidas posibles cada una de mil formas me reinventan en esta Manzana Grande donde los sueños se tiran de los balcones. Lamento mi ingenuidad, y me hace gracia. Podría elegir un banco en el parque, y dejar que las palomas se acercaran. Podría volver y podría quedarme. Podría contradecirme a cada segundo. Pensar que nada es r
egalado, que Tú no existe y sigue aquí, apurar el tiempo para hacerlo girar, eterno.

Tropiezo con alguien sin caer al suelo.

Congelo todos los árboles que voy amando y la calle del cartel, que habla escrito. One way hacia otro lugar. Otro más. One way, me dice grande, fabuloso, al dictado como una flecha decidida a clavarse en su diana que practique mis pasos a su ritmo, me dice. No duele. Te regalaré la brisa para que no te estorbe el pelo. Jugaré con los pliegues de tu vestido. Te protegeré con una noche rellena de luz y prometo que haré que te pierdas si me llegas a alguna parte. Soy el sitio al que puedes volver, pero no quedarte. Te digo que no me caben más recuerdos bajo las piedras, que me pisan el corazón inflamado de cimientos temblorosos no te quiero ver, seguir, tener, perder. Jamás te dejaré comprenderme por si consigo tenerte aquí. Por si quisieras marcharte.

Y pensar que quizá nada vuelva a ser como antes.

Renegar. Cambiar de calle.

Buscar alguna con más azul que darme.

Un hombre afortunado se asoma a la bocanada de aire. Lleva un traje desvestido de sus viejas costumbres. Tampoco come su comida. No mira hacia arriba desde hace años. Si asalto ahora el marco del momento, puedo preguntarle cuántas escaleras harían falta para ver el cielo. Me mirará con cara de incrédulo. Si las juntas todas, quizá. Si pudieras unir cada final y cada comienzo, alargando los brazos mucho, estirando las manos, así –soltará su comida. Abandonará su cartera- tal vez podrías llegar, pero sola no podrás hacerlo.

- Ayúdame tú, Incrédulo.

Incrédulo no quiere mirar hacia arriba. Se aleja. Regresa a algún hogar impreciso y perfecto. Suyo. Posible. Uno de tantos hogares carne de la fruta podrida y brillante de la tierra de nadie. Nadies aventurados en un cosmos de gentes entusiastas y cordiales. En un experimento del mundo hipnótico deslumbrante hipnotizado y yo, aplastada en este suelo, bebida por esta probeta, quiero irme de aquí mil veces y regresar y no poder quedarme ni que me quieras ni quererte ni dejar tantos amantes por tí, mi amor revuelto en la punta de todos mis dedos. Mis fieras despiertas y cruel y torpe, equivocándome poco a poco y sin freno, vuelvo a mi tierra conjurando.

Maldiciendo.

Abriendo los ojos en un día de horas más conocidas y mirándome al espejo. Llevándome en la piel el bocado ácido de la manzana,



extraño veneno.



martes, 13 de mayo de 2008

No sé.


Viajo a un lugar por primera vez, y sin embargo, voy de regreso. Sostengo el tiempo que circunda la maleta vacía que miro, que no va a volver. Apenas pienso en nada en especial. Si acaso en la necesidad de un cierre. En la extraña forma de los círculos. En lo lejos que queda el vacío y en la justa inconstancia de los sueños que echo de menos. Visto un color gastado sólo por invocar un recuerdo, pero no por nostalgia. Me dejo caer en la trampa porque ya no entraña riesgo y aun así me resisto y no la cierro. Me resisto a ser ni dentro ni fuera del círculo y la miro. No sé, me pregunto. Retuerzo los minutos. Tal vez. Al fin y al cabo, quién sabe en qué tipo de ser temerá convertirse.

jueves, 8 de mayo de 2008



Cuántas noches habrá vuelto por esa misma calle.

- Y cuántas noches más habré de volver por ella.

Ha querido sentarse sin nada que esperar, justo a mitad de camino, evitar llegar a casa. Retener un algo, redescubrir el mismo árbol, de ciudad, el color de sus hojas es verde.

Blanco, el de la piel de sus brazos contrastados en el asfalto. No son fuertes.

- Pero a veces, pueden contener un abrazo sin llegar a romperse. A veces vacíos, sin medida, pienso que podría abarcar con ellos un árbol inmenso como ése. Apoyar el oído en su corteza. Escuchar el latir sordo de un gigante.

Siempre está buscando, para no tener que encontrar. Eso también me lo dijo. Para no tener nada, que perder. Ahora sentada, está mirando hacia arriba. El cielo negro anaranjado recortado sí puede ser suyo aunque tenga cables y estrellas menudas emitiendo luz que llega a los cables que proyectan sombras invisibles en su cara con ojos abiertos y boca cerrada boca arriba. Tiene la esperanza de entender.

- Sólo por tener una esperanza. Con eso es suficiente. Alguien dijo alguna vez que todo es cuestión de fe.

Pero nadie sabe quién lo dijo. Se debe creer. Está sentada y respira un aire que no ve y que es demasiado para ser respirado y casi todo se le escapa y ahora no parece importarle. Piensa que el cemento está instalado en el claro de un bosque. Que las rosas se han infiltrado en los jardines. Que detrás del velo tenue que la rodea, hay un estruendo lejano de tambores rojos cardíacos locos ocultos en sus cavidades.

Y se resiste a volver a casa.

Yo la espero desde aquí, a que concluya el camino de vuelta. Nunca intento llamarla, para no romper el silencio. Le gusta distinguir entre todos los sonidos el rumor del mío y dejarse guiar por él, yo casi dormido pero quizá no lo escuche y estoy solo ella lejos sentada despierto no puede volver. Pienso nadie sabe quién lo dijo. Me concentro: sigo vivo.

Sigo

emitiendo

sonido.


domingo, 27 de abril de 2008



Los encontré no hace mucho, en un jardín.

Hacía frío.

Ella parecía disfrutar
(aún sigue creyendo que podrá saltarle).

Él parecía protegerse, asustado
(teme que el frío destruya su cuerpo de piedra).

Tan quietos,

diría que ya los había visto antes.

domingo, 20 de abril de 2008



Recordarás el estallido seco de la tierra.

Te hundirás en ella con los pies abiertos
y soportarás,

con la razón amordazada,

el latido de su terco corazón,

terco.

domingo, 6 de abril de 2008



Infinita lejanía la del abrazo que no aniquila al mundo.



lunes, 31 de marzo de 2008


Y dejarme caer en partes iguales.


Y acabar la tarde hueca y enmohecida.


Siguen viniendo, con más fuerza, a golpes en el vientre el hígado contra el corazón, la garganta contra la boca, los ojos retroceden, son bajos, hasta el centro del estómago oscuro, donde los párpados ya no son atravesados por el sol tardío.


Leo laberintos escritos en mi propio idioma.


Pienso en ti por anticipado, sin consuelo.


Vuelvo al momento justo de la vida, que aún no ha terminado, la mujer gritando generaciones enfurecidas a través de las piernas para darme la vida, el mandato de su eco perpetuado en todos los silencios menos vastos que la muerte, y yo, con tantos ruidos


curioseando en tu sombra de perfil no parece que se acabe adivinando si nosotros, que somos tantos


al menos podremos arañarnos



quién sabe.

sábado, 22 de marzo de 2008

Tres:


Dos:



Uno:



Cero.

lunes, 17 de marzo de 2008



Ángela tiene unos ojos increíbles. Cada uno de ellos tiene en el centro un círculo perfecto de color negro. El negro no es un color, porque se traga la luz, como la noche, aunque la noche tiene también puntos de luz, como los círculos negros de los ojos de Ángela de cerca son más grandes, y tragan más. No deben mirarse a la vez. Si los miras a la vez, te acribillarán, así que sólo estoy mirando uno, el izquierdo. Ahora es algo mayor porque en la mitad izquierda de su cara da la sombra. Me cuenta que está cansada.

- Y quién no -le digo a su ojo izquierdo, no a su oído- esta mierda nos toca a todos, ya lo sabes.

Cuando le digo ya lo sabes le estoy hablando a ella. Le estoy recordando cosas infinitas que ella sabe y resume en un ya, mientras fuma.

- Y tú, ¿qué tal?

- Me ha crecido un gato en la espalda que me está desgarrando la carne mientras hablo a tu ojo porque no he vuelto a hablar a ningún ojo aquí –pero esto no se lo he dicho- bien, genial.

El gato que me ha crecido en la espalda, dentro de unas horas será indomable, pero hasta entonces, podemos apurar el tiempo tomando café caliente a pesar de estar sudando, y comenzar a desgranar, al azar, cualquier cosa. Divertirnos. Silenciarnos. Escupir ideas sin orden de prioridad alguno ni que eso importe, porque una vez que comienzas a escupir, es difícil parar, aunque ya te hayas ido. Pueden haber pasado días y aún sigues intentando arrancarte el gato, ordenar las ideas (cuando intentas ordenar ideas, éstas se reproducen), llegar a ninguna parte conocida, acostumbrarte a sentirte satisfecha con todas ellas moviéndose aquí y allá como peces dentro de una pecera estanca dentro de tu cabeza detrás de los puntos encogidos que tienes en los ojos, que apenas pueden verse.

En la oscuridad, el círculo por fin se hace más grande. Puedes adentrarte en él, y nadar, abriendo la boca como un pez. Otra vez, nadar, beber, comer, otra vez, dientes, agua, fría, caliente, no es por los dientes. No es por el ojo ni por el asiento ni por estar ausente en el estanque todo lo que ves es silencio confundido pero no es muerte, no. Los bancos de peces girarán al tiempo. Yo sólo quiero estar allí para verlo.