--------------------He reducido el mundo a mi jardín y ahora veo la intensidad de todo lo que existe------------------------------------------------------------------------------------------(J. Ortega y Gasset)-
martes, 16 de octubre de 2012
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Marilyn y la tragedia
Era Marilyn segundos antes de besar a un joven
actor y era el cámara, la claqueta, el director, el productor y todo el que
pasaba por allí. Era el pendiente de brillantes y los labios semiabiertos. El
cigarro de después por anticipado aunque no fuera más que un cigarro para
después de un simple beso, que un beso no es nada y a ella la encontraste en la
calle. Era la visible erección en la bragueta del hombre casado y la locura de
la lámpara que ilumina una noche de insomnio, porque se pueden tener noches de
insomnio aunque el mundo no se esté cayendo ni el World Trade Center aplaste a
Nicolas Cage del todo, noches, como estampitas coleccionables para el álbum de
los horrores, aquí las del deseo, éstas las de la soledad, las de la abulia o
las del verso y todas distintas y repetidas tantas veces, como un buen catálogo
que puedes hojear en casa cuando no te apetece hacer nada, y piensas a la vez
en todo, y a la vez lo eres todo, y cuando digo todo me refiero a absolutamente
todo. No sólo lo que miras sino también lo que no ves, el pálpito que
invisiblemente te va acercando a la tragedia.
miércoles, 22 de agosto de 2012
Pensamientos circulares II
Un día aparecen en la orilla rojizas, silenciosas, medusas.
Y la playa se convierte en una cacería de tentáculos marinos. Bajo el sol de
mediodía se ven niños con redes y madres que guardan sus capturas en botellas de plástico: amasijos de diez, treinta, cincuenta medusas agonizantes se reparten por la playa hasta donde alcanza la vista. Un trasiego interminable entre la arena y el agua. Una limpieza incansable hasta que por algún
azar un niño tropieza, le da una patada a una botella y vierte las medusas
sobre la arena, cerca de la orilla, en el límite mismo del agua. Allí donde llega el oleaje como una lengua que
lo devuelve todo al estómago del mar.
domingo, 19 de agosto de 2012
Un algo
Volver habiéndonos dejado atrás un algo.
Un cajón que se quedó sin abrir
el cristal de la mesa las huellas y el polvo
la forma que adoptaba la orilla
como una pregunta, qué sé yo
como un algo que no respira, un barco
que no deja de partir
a veces
cuando el mar está en calma
podemos llegar a verlo
desaparecer sobre un dudoso horizonte.
domingo, 20 de mayo de 2012
Pensamientos circulares
Si esto fuera una noche fría de invierno, y en
lugar de mayo fuera enero, y si la gente de la calle caminara agarrada a sus
abrigos y a paso rápido, y helara sobre los tejados y en la casa hiciera frío, y
yo me levantara a mirar por la ventana envuelta en una manta en vez de hacerlo
descalza y vestida con un simple camisón, empañaría los cristales con mi
aliento y dibujaría con el dedo un círculo sobre el vaho. Luego desearía que
llegara la primavera y el calor. Por eso sé que no es invierno.
jueves, 17 de mayo de 2012
Madrid no es como Texas, ni como el Sáhara, ni está surcada
por líneas de alta tensión sobre viejos postes de madera. Tampoco suelen verse tormentas de arena ni pueblos fantasmales y si, por casualidad, encuentras un
rincón vacío a altas horas de la madrugada o notas en la piel el picor del
polvo acumulado en el aire, lo percibes enseguida como algo artificial,
hiriente.
Dicen que hoy la acumulación de partículas en el aire es
cuatro veces mayor que la máxima permitida, pero desde aquí dentro no lo
parece. Desde aquí dentro una madre sostiene a su hija en brazos y le cuenta el
cuento de La Sirenita
mientras espera el autobús. Me pican la piel y los ojos y peleo con cremas de
farmacia para no sentir que yo también puedo estar volviéndome polvo, que yo
también voy dejando un reguero de células muertas en parte como el cuento que
termina, como la descendencia que termina. Llevados en una nube de tormenta que
nunca descarga aquí, porque esto no es como Texas.
jueves, 10 de mayo de 2012
Eso de ahí arriba es una luna
llena de agosto y estás en lo alto de una torre vigía del siglo XVII que a su
vez está en lo alto de un acantilado sobre el Mediterráneo. Sopla una suave
brisa del Este y abajo las olas rompen en las rocas y dejan regueros de espuma
que flotan en la oscuridad. Te cuentan historias de piratas y naúfragos
y esclavos que llegaron a estas tierras, pero nada de eso parece que exista ya. Tú
sólo cierras los ojos, y los abres, y los cierras, y sigues viendo la misma
luna y el mismo mar y no distingues claramente si los tienes ahí fuera o están dentro
de tu cabeza. Podrías tratar de pensar en cosas como por ejemplo la eternidad o
el bombeo de la sangre de un cuerpo; y si ese bombeo va acompañado de luz, y si
es así cuándo se apaga, pero no: tú sólo parpadeas a intervalos lentos hasta
que en uno de esos parpadeos te das cuenta de que de repente ha aparecido el mundo.
jueves, 22 de marzo de 2012
Funciona así: te despiertas en la seguridad de tu cama, te arrastras hacia la rutina de las primeras horas del día laborable tipo ducha, café, pereza. Antes o después tu cabeza se reúne contigo. Puede suceder durante el trayecto al trabajo, o tal vez pudo ser mientras el agua caliente te empapaba la nuca y por eso no te diste cuenta. Ahora miras fotografías en internet sin mucho interés, navegas entre imágenes muertas. Piensas en palabras como precipicio (por el que caminamos, que nos construimos), recuerdas que una vez soñaste que las paredes de tu estómago estaban llenas de mordeduras de rata. Asientes con la cabeza. La foto de Hitchcock puede valer para, concretamente, nada. Este párrafo sin ir más lejos.
Piensas de nuevo en la seguridad de tu cama y en que nada debe ser más parecido a un vientre materno por dentro. No es sólo cuestión de tener sueño, de la vieja tarea de despegar todo lo que tiene que ver con la noche de todo lo que tiene que ver con el día. Es más bien cuestión de poner orden en la lista de los asuntos de siempre. Piensas en el naúfrago que achica agua de su barca en plena tormenta. Piensas en cualquier cosa que no sea poner orden porque es absurdo, porque te guste o no, se ha hecho de día y no hay ratas en tu estómago ni precipicios ni todos esos asuntos que tampoco importan tanto, qué más da. A fin de cuentas a alguna parte siempre se llega a la deriva.
jueves, 15 de marzo de 2012
(Foto de Manuel Barbancho, mi abuelo paterno)
Yo no viví la guerra ni tengo mucha idea de ella. Lo que sé lo aprendí en los libros de texto y a través de lo que contaron mis abuelos, que no fue mucho. Siempre tuve la sensación de que no se sentían cómodos contándoles horrores a los niños. A veces se les perdía la mirada y les temblaban las manos.
Así, entre retazos de conversaciones, pude ir conociendo algunos episodios. Supe que mis abuelos estaban en el bando republicano. Que a mi abuela Concha le dieron un tiro en la pierna y por eso llevaba muletas y tenía aquel agujero debajo de la rodilla. Que luego estuvo ingresada en el Hospital de Málaga cuando el bombardeo, y tuvo que huir y volver al pueblo andando. Que mis abuelos Alfonso y Manuel estuvieron en la cárcel. Que este último tuvo en la celda de al lado a su padre, mi bisabuelo, que murió de hambre, y que mi abuela Emilia servía por entonces en una casa bien donde pudo refugiarse hasta que las cosas se calmaron. Estas y otras cosas las supe por comentarios que yo no debía oír. Nunca me atreví tampoco a preguntarles.
En general nadie lo hacía. Nadie quería hacerles escarbar en aquellos recuerdos, pero a veces ellos contaban. Una vez mi abuelo Manuel lloró al confesar que todavía le despertaban en la noche los gritos de agonía de su padre pidiendo comida desde la celda de al lado. Luego se dio cuenta de que yo estaba presente. Calló. Apretó los labios y no dijo nada más. Fue la única vez que vi a alguno de ellos llorar.
Yo no sé mucho de la guerra. Tuve suerte de nacer más tarde. Mis abuelos ya no viven y su memoria se perdió con ellos, sólo quedan las pocas cosas que nos contaron. Sin embargo, todo lo que nunca dijeron, todo el horror con el que no quisieron envenenar a sus nietos me acompaña todavía en las cicatrices que vi y en el dolor que atenazaba su silencio. Un silencio con el que se trata de enterrar las cosas que no pueden descansar en paz y son escupidas por la tierra.
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