sábado, 19 de enero de 2008


No puedo negar
la densidad de la materia
acumulada
inexpugnable,
el óvalo sumergido
por los lados
silente confusión
sin paso a través
del día,
finjo el color
amarillo
y acierto
y adentro
el ácido bombeando
porque ahora sabe y tiene prisa
y mil palabras, doce meses
una vida
un pensamiento esférico
un amanecer rasgado
y mi parte es la línea
digo
suficiente,
para estar pidiendo demasiado.

jueves, 10 de enero de 2008

Dos

Hubo una vez un hombre desigual. Así lo llevo en mi mente, aunque no creo que él estuviera de acuerdo. Él vive ahora en mis venas y mis insomnios, en mi color de ojos, en el tamaño de mis huesos. Puedo sentir su voz adentro, a veces remordimiento, a veces pregunta, a veces lección número uno: inglés con un vaso de leche y galletas.

- Vicky, ¿qué dice aquí?
- Bat-bould-you-tink-if-i-sang-out-of-tune
- Significa “¿qué pensarías si cantara fuera de tono?”. Escucha.

Tras la breve estática de la aguja sobre el vinilo, apareció la voz de Ringo. Acababa de comprarse el Sgt. Peppers en una tienda de discos de Barcelona, y durante el tren de vuelta a casa, se le ocurrió que podía comenzar a enseñarme el idioma a partir de la música de los Beattles. Me conmueve recordar cuántas cosas quería enseñarme. Ya había conseguido que memorizara poemas enteros de Machado y Miguel Hernández, que supiera señalar el esternocleidesmastoideo, y que resolviera la fórmula del área del círculo, cosa que dio lugar a una tensa discusión con mi profesora, la Señorita Lydia.

La Señorita Lydia ya sabía de su afición por saltarse a la torera el programa escolar, y, en cierto modo, la aprovechaba. Aún tengo grabada la imagen de mis zapatos de plantilla sobre la mesa de la Seño recitando la Elegía a Ramón Sijé, para que los niños se estuvieran quietos y se echaran la siesta. Pero, la geometría ya era demasiado. Le dijo que no debía interferir en mi enseñanza, que en clase me aburría y alborotaba, y que algunos niños me veían como a un bicho raro.

Y eso, no era bueno.

Ofuscado, me cogió de la mano y salimos de allí. De nada valió que mi madre le dijera que yo no era más que una niña, ni que el director me quisiera cambiar de curso. Durante años seguí descubriendo sobre sus rodillas todo lo que más tarde volvería a aprender, es cierto, pero, en otros sitios, con otras gentes.

Llegado el momento me dejó ir.

Luego él se fue.

Y desde entonces, sigo cantando

A little help from my friends,

aunque ya nadie me bese en la frente.

domingo, 16 de diciembre de 2007

Cartas desde el Bremen


Cualquiera diría que estoy loco. Hace sólo unas horas no pensaba traerte. Estaba decidido a ser honesto. Me hubiera largado por fin, llevándome de tu vida y de la mía, a través de este mar que, a decir verdad, no sé si es un mar. Ahí fuera es de noche, y la noche es invisible, y el mar también y por eso se vuelve amenaza, más por inmenso que por negro, en la boca del estómago. No deja que me esconda de ti. El mar no, mi estómago. Quisiera decirte que no pensaba traerte. Es toda la honestidad de la que me creía capaz. Y ni siquiera.

Hace un momento, mortalmente aburrida sobre la cama, me decías que podías sentir el vaivén de las olas. Te quejabas de hambre y de sueño. He estado a punto de matarte y no te has dado cuenta. Lo sé por cómo duermes. Duermes como si todas las voces del mundo hubieran enmudecido al darles la espalda. Luego abrazas la almohada y asomas un pie entre las sábanas. Adoro tu pie insomne. Él te salva la vida cuando me acerco a ti con ganas infinitas de acabar contigo. Tú y tu respiración profunda. Tú y tu no-miedo. Tú callando la voz que no calla por mí cuando duermo.

Bajo la cama hay una puerta. Allí se esconde, tan cobarde como yo, tan dulce como entonces no deja de repetirme una fecha, 18 de enero de 1936. Directa a mi memoria, se funde en el rumor de las mareas de este camarote, el 503c del Bremen, donde ya nunca viajó de vuelta. Yo no sé si quiero encontrarla, pero sigo su rastro. Tú me sigues a mí, y el odio que te tengo por no ser ella te hace frágil y me condena. Luego mi silencio te hace inocente, tu perdón culpable, y yo no sé que haría si no pudiera odiarte saltaría al Atlántico y te dejaría dormida aquí, tiraría esta carta para que no sufras. Podría hacerlo. He aprendido nuevas formas de mentir con el paso del tiempo, y eso te reconforta.

lunes, 10 de diciembre de 2007



El peldaño número siete de la escalera que subía la otra noche me dijo, a oscuras, que algo estaba faltando.

Ya lo sabía, le dije yo.

(Mentí)

Qué podía ser. Cada sombra seguía junto a su cuerpo. Las de la conciencia, también. Los destellos de todo aquello que se cuela por la piel habían prolongado su intermitencia. La sofocante densidad del aire era menos envolvente, ya no me abrigaba la espalda. Me detuve y miré al pie de la escalera.

Era tan extraño.

No, el escalón no era extraño, acabo de recordarlo. Lo extraño fue el modo de subirlo. El modo ingenuo de adentrarse en una escalada. Tal vez el único modo posible de poner el primer pie porque la ingenuidad no duda, y es horizontal. Ese modo ingenuo y a la vez hermoso, equivocado y perecedero (por ese orden). Subirlo estuvo bien. Luego vinieron los demás escalones, perpendiculares y borrosos, que me llevaron a éste, que me habla. Me dice que estoy cansada porque perdí la fe. Yo pienso en los muñecos de plastilina y en cómo me ponía de puntillas para llegar con la nariz a la encimera de la cocina y le digo que tiene razón. Ya no juego con las cucharas y las cosas. Practico la aburrida utilidad de las lecciones aprendidas. Me felicito por ello. Me dispongo a subir el escalón número ocho. Arriba de la escalera se que ya no quedan sueños.

Tampoco creo que sea estrictamente necesario.

domingo, 2 de diciembre de 2007


Piensa que debería escapar,
descalzarse sobre la hierba.

Cree que algo bueno podría pasarle
si deja explotar la música
y el atropello en sus orejas
y las patadas al asfalto
capturado en gris,
calzado a la carrera.

Las carcajadas
van siempre
desde dentro hacia fuera.

Y saltar de los vagones por impulso,
y trepar a los árboles caducos
de las muecas retorcidas,
un pánico artificial oculto,
un sarcasmo contenido, un rumbo
sin un mar, un cristal,
una cerilla,
el ser de una bombilla
en las noches Diciembre
que no quiere estar ahí,
y aun así se divierte.

Y lo coge todo con la boca
y examina la amplitud de la huella
que deja en cada mordisco
sabe,
que está a punto de ponerse el sol
allí donde siempre será suyo.

Piensa
que si llega a tiempo
todo lo demás
será posible.

viernes, 23 de noviembre de 2007


Un collage,
tal vez un caleidoscopio,
un agujerito para los espías
miren y opinen.

Entender que entender lo más difícil
es tan sólo lo más fácil:
lo mío ya no es mío
lo que ya no es mío no lo quiero
lo que no quiero sigue siendo mío
lo que quiero que aún no es mío.

Encontrar cuando dejas de buscar,
explicar sin pretenderlo
que sospechas
de los giros minuciosamente calculados,
que dudas sobre la profundidad
del cajón de tus desastres.

Lo abro: tomo medidas.

La nada ya no parece la misma.

viernes, 16 de noviembre de 2007


(Desde allí arriba todo parece más pequeño)

viernes, 2 de noviembre de 2007

Echarte de menos no es querer que estés aquí,
buscarte en los fosos del café de las siete,
por si te has diluído.

No significa que,
desesperadamente,
pretenda que entres por la puerta
o aparezcas,
te materialices
sin que yo me sorprenda.

Echarte de menos no es esperarte,
echarte de menos es distinguir
entre tí
y el ser ajeno que guardas dentro
y saber
que él no me echa de menos.



Raíces.
Órgano de las plantas que crece en dirección inversa al tallo, carece de hojas e, introducido en la tierra o en otros cuerpos, absorbe de estos o de aquella las materias necesarias para el crecimiento y desarrollo del vegetal y le sirve de sostén.

Las plantas de raíces profundas suelen conocer al detalle su espacio vital, y lo aman, porque ellas saben muy bien que no hay paisaje más hermoso que el que vio nacer a una planta bien enraizada. Tener raíces está lleno de ventajas. No hay viento –no importa de dónde venga- que las arranque del sustrato que con tanta eficacia las protege. Cualquiera de ellas podría decirte sin dudarlo dónde está el norte, cuánto durará el frío, o la noche. Y nunca, nunca, se equivocan.

Hay, sin embargo, plantas con raíces débiles. Estas plantas son vulnerables a ciertos huracanes, que desafortunadamente, pueden arrancarlas de cuajo, e incluso en los peores casos, hacerlas volar como un pájaro a varios kilómetros de distancia. El comportamiento más común ante tal adversidad, será intentar enraizar de nuevo en otros cuerpos, normalmente sin éxito, ya que es entonces cuando están aún más indefensas ante nuevos vientos que las vuelvan a arrastrar, incontroladas, más y más perdidas, hasta el borde mismo de la muerte, porque como todo el mundo sabe, las plantas no están hechas para volar.

Sólo unas pocas, pero muy pocas de ellas, durante alguno de esos dramáticos torbellinos sufren un extraño fenómeno de transformación. Es muy difícil verlo, pero si prestan atención podrán observarlo por sí mismos. Sucede cuando alguna de ellas, casi al final de su vegetal existencia, descubre un nuevo placer en cada giro, distintas bellezas en otros horizontes, o incluso nuevas maneras de apuntar al norte. Les comienza a resultar fácil interpretar los cambios de dirección del viento, o el significado de sus humedades. Es entonces cuando las hojas se vuelven plumas, las raíces minúsculas, patas, las flores, pico y finalmente, mueren como plantas para nacer como pájaros.

Este raro tipo de pájaro es, a decir verdad, el más hermoso de todos. Ama volar y vuela las distancias más largas, como quien busca algo perdido. Sabe esquivar bien los halcones que intentan darle caza, no en vano es la envidia del resto de aves. Conoce todos los valles, aunque a ninguno lo llama hogar. Siempre canta, por supuesto, pues la suerte le sonríe, y nunca, nunca anida.

Tampoco suele bajar al suelo. Cuando lo hace –sólo en caso de necesidad-, corre el riesgo de toparse con algunos miembros de su antigua especie, o peor aún, recordar sus antiguas raicillas allá lejos, en aquel cálido valle. Y puede ser que entonces, de tanto mirar al suelo así, el alma verde latiéndole en los ojos, descubra una ramita escondida, como aguardándole.

Y si eso sucede, tal vez la tome en el pico y la suba a un árbol, el más alto que nunca hayan visto, muy, muy cerca del cielo. Allí le podrán encontrar tejiendo un nido, sólo allí.

Allí desde donde se contemplen todos los horizontes.

jueves, 25 de octubre de 2007

Del Frío


- Llegaré algo tarde, lo siento, ¿estás bien?

Hacía tiempo que su voz sonaba muy apagada. Ya ni siquiera la intentaba descifrar, pero aún así intuyó entre tanto alboroto un cierto consentimiento resignado. Qué otra cosa podría ser. Ya sabía que todos los años era lo mismo. Aunque no siempre. Antes no llegaba nunca tarde, quizá porque no le molestaban las colas, ni le invadía ese vértigo del tiempo que se agota ni la obligación de hacer recuentos. Qué absurdo, pensó, en el fondo.

- Tranquilo, me dará tiempo. Tengo que dejarte. Un beso.

La muchedumbre se arremolinaba en torno a la caja. Por un momento sintió lástima de aquella dependienta de aspecto taciturno a la que probablemente estarían esperando en algún lugar agradable, donde la recibirían con gritos y champagne, o tal vez no. Tal vez no le esperaba más que un sofá solitario y una ración de uvas confitadas al ritmo de las campanadas. Definitivamente, no era una buena noche para los que están solos. Pudo apiadarse de ella, sin más. Cogió la bolsa y salió del establecimiento.

Fue la última en escapar del gentío, agradecida. Había aprendido a valorar el invierno, quizá porque ahora encajaba mejor en él. Desde luego, en otros tiempos, aquella humedad fría en la cara le habría calado el humor, pero ahora, ahora había cosas más importantes que el frío. No podía llegar tarde y sacudida por la prisa, corrió hacia el coche, dejó la bolsa en el asiento de al lado, encendió un cigarrillo y arrancó.

Decidió volar. Era su oportunidad. Las calles se habían reabsorbido súbitamente hacia las ventanas, todas encendidas. Ahora el exterior se contenía en aquellas gigantescas colmenas y ella tenía el camino libre para explorar la ciudad a su antojo. Se apropió de cada reflejo en el asfalto, de la oscuridad de las avenidas, de cada semáforo en rojo, y aunque deseaba llegar a tiempo, soñó con perpetuar aquel recorrido perfectamente calculado e imaginar que acaba en un sitio lejano. Aquel refugio de la sauceda, por ejemplo, hacía ya tres noviembres, cuando aún se resistían al clima. Entonces lo combatían enredados bajo las mantas, entre botellas de anís y chimeneas encendidas hasta la madrugada. Incluso la nieve tenía algo de cálido en aquella época. Si entonces lo hubieran sabido, seguramente no se habrían reído así de la ventisca que les azotaba. Nunca se habrían expuesto a la intemperie, ni se habrían prometido tanto calor de saber que no podían permitírselo, de saber que de nada les valdría el consuelo de al menos habérselo prometido y no acabar así, vencidos por el deseo inconfesable de que pronto todo termine con el que cada día, desde hacía ya tres meses, doblaba aquella misma esquina, y la llenaba de esperanza.

Le habían robado el hueco donde siempre aparcaba, pero no se sorprendió. Acostumbrada a la impunidad de aquella noche, dejó el coche en doble fila. Se permitió apenas un instante para tomar aire y no olvidar las veinticuatro uvas, las dos copas y la botella de licor de manzana sin alcohol. Ya quedaba poco. De todos los agujeros de luz que adornaban la calle, sin duda alguna la entrada del hospital era el más grande y brillante. Se armó de valor: ahora sólo tenía que concentrarse en sus piernas. Asegurarse de que podrían llevarla hasta aquel faro deslumbrante que le daba la bienvenida, sin salir huyendo.

Eran las doce menos cinco.

El conserje de guardia se había tomado un oportuno descanso en el puesto de enfermería de la planta baja. No tenía tiempo para entrar a saludar, así que agradeció que la puerta estuviera cerrada y a duras penas consiguió enfilar el pasillo sin hacer sonar los cincuenta pasos que la separaban del ascensor. Había conseguido llegar a tiempo. Contó mentalmente diez segundos hasta la cuarta planta, otros diez hasta la habitación y unos veinte para un beso, algún gesto de ánimo y una sonrisa que iba ensayando mientras ascendía. Un ¿cómo estás? Lleno de dulzura, o mejor una felicitación divertida blandiendo las bolsitas de uvas, algo que pudiera provocar una risa, lo que fuera.

Antes de decidirse, las puertas de acero le abrieron el camino del pasillo de planta. Igual de blanco que hacía unas horas, aunque puede que más fluorescente y rotundamente más desierto. Dirigió su vista, como de costumbre, hacia la penúltima puerta del lado derecho, la única que estaba abierta. La única puerta en todo el corredor que, inexplicablemente, aparecía custodiada por un carrito de limpieza y un hatillo de sábanas en el suelo.

Y sobre todo, mantuvo la calma. La mantuvo durante los veinte segundos aproximadamente que tardó en acercarse a aquellas sábanas encogidas sobre el mármol. Se aseguró: habitación 406. Y se sostuvo el alma. Aguantó aunque no quería ver desde lejos la cama vacía. No quería hacer notar su presencia, ni quiso que la enfermera pasara por su lado llevándose la bomba de morfina. Mantuvo la calma para no formular ninguna pregunta a aquel ser, repentinamente tan extraño, que, quitándole amablemente las bolsitas de uvas de las manos, le dio una respuesta que tampoco había querido.

- Acaban de bajarlo al depósito, te están esperando.

Afuera, los cohetes anunciaban la fiesta.