jueves, 22 de marzo de 2012




Funciona así: te despiertas en la seguridad de tu cama, te arrastras hacia la rutina de las primeras horas del día laborable tipo ducha, café, pereza. Antes o después tu cabeza se reúne contigo. Puede suceder durante el trayecto al trabajo, o tal vez pudo ser mientras el agua caliente te empapaba la nuca y por eso no te diste cuenta. Ahora miras fotografías en internet sin mucho interés, navegas entre imágenes muertas. Piensas en palabras como precipicio (por el que caminamos, que nos construimos), recuerdas que una vez soñaste que las paredes de tu estómago estaban llenas de mordeduras de rata. Asientes con la cabeza. La foto de Hitchcock puede valer para, concretamente, nada. Este párrafo sin ir más lejos.

Piensas de nuevo en la seguridad de tu cama y en que nada debe ser más parecido a un vientre materno por dentro. No es sólo cuestión de tener sueño, de la vieja tarea de despegar todo lo que tiene que ver con la noche de todo lo que tiene que ver con el día. Es más bien cuestión de poner orden en la lista de los asuntos de siempre. Piensas en el naúfrago que achica agua de su barca en plena tormenta. Piensas en cualquier cosa que no sea poner orden porque es absurdo, porque te guste o no, se ha hecho de día y no hay ratas en tu estómago ni precipicios ni todos esos asuntos que tampoco importan tanto, qué más da. A fin de cuentas a alguna parte siempre se llega a la deriva.


jueves, 15 de marzo de 2012



(Foto de Manuel Barbancho, mi abuelo paterno)

Yo no viví la guerra ni tengo mucha idea de ella. Lo que sé lo aprendí en los libros de texto y a través de lo que contaron mis abuelos, que no fue mucho. Siempre tuve la sensación de que no se sentían cómodos contándoles horrores a los niños. A veces se les perdía la mirada y les temblaban las manos.

Así, entre retazos de conversaciones, pude ir conociendo algunos episodios. Supe que mis abuelos estaban en el bando republicano. Que a mi abuela Concha le dieron un tiro en la pierna y por eso llevaba muletas y tenía aquel agujero debajo de la rodilla. Que luego estuvo ingresada en el Hospital de Málaga cuando el bombardeo, y tuvo que huir y volver al pueblo andando. Que mis abuelos Alfonso y Manuel estuvieron en la cárcel. Que este último tuvo en la celda de al lado a su padre, mi bisabuelo, que murió de hambre, y que mi abuela Emilia servía por entonces en una casa bien donde pudo refugiarse hasta que las cosas se calmaron. Estas y otras cosas las supe por comentarios que yo no debía oír. Nunca me atreví tampoco a preguntarles.

En general nadie lo hacía. Nadie quería hacerles escarbar en aquellos recuerdos, pero a veces ellos contaban. Una vez mi abuelo Manuel lloró al confesar que todavía le despertaban en la noche los gritos de agonía de su padre pidiendo comida desde la celda de al lado. Luego se dio cuenta de que yo estaba presente. Calló. Apretó los labios y no dijo nada más. Fue la única vez que vi a alguno de ellos llorar.

Yo no sé mucho de la guerra. Tuve suerte de nacer más tarde. Mis abuelos ya no viven y su memoria se perdió con ellos, sólo quedan las pocas cosas que nos contaron. Sin embargo, todo lo que nunca dijeron, todo el horror con el que no quisieron envenenar a sus nietos me acompaña todavía en las cicatrices que vi y en el dolor que atenazaba su silencio. Un silencio con el que se trata de enterrar las cosas que no pueden descansar en paz y son escupidas por la tierra.