lunes, 10 de diciembre de 2007



El peldaño número siete de la escalera que subía la otra noche me dijo, a oscuras, que algo estaba faltando.

Ya lo sabía, le dije yo.

(Mentí)

Qué podía ser. Cada sombra seguía junto a su cuerpo. Las de la conciencia, también. Los destellos de todo aquello que se cuela por la piel habían prolongado su intermitencia. La sofocante densidad del aire era menos envolvente, ya no me abrigaba la espalda. Me detuve y miré al pie de la escalera.

Era tan extraño.

No, el escalón no era extraño, acabo de recordarlo. Lo extraño fue el modo de subirlo. El modo ingenuo de adentrarse en una escalada. Tal vez el único modo posible de poner el primer pie porque la ingenuidad no duda, y es horizontal. Ese modo ingenuo y a la vez hermoso, equivocado y perecedero (por ese orden). Subirlo estuvo bien. Luego vinieron los demás escalones, perpendiculares y borrosos, que me llevaron a éste, que me habla. Me dice que estoy cansada porque perdí la fe. Yo pienso en los muñecos de plastilina y en cómo me ponía de puntillas para llegar con la nariz a la encimera de la cocina y le digo que tiene razón. Ya no juego con las cucharas y las cosas. Practico la aburrida utilidad de las lecciones aprendidas. Me felicito por ello. Me dispongo a subir el escalón número ocho. Arriba de la escalera se que ya no quedan sueños.

Tampoco creo que sea estrictamente necesario.

6 comentarios:

Lara dijo...

No voy a desarrollar aquí la importancia de los sueños y la no dependencia con la altura de los escalones. Los sueños hay que fabricarlos y bla bla bla, ya sabes lo que te digo. Pero es que dudo mucho que tu cabecita deje de tenerlos, aunque sean sueños clandestinos, sobre todo ésos, estés en cualquier escalón, incluso allá arriba, tan lejos que no se te vea.

Estás TAN MONÍSIMA EN LA FOTO!!!!!!!!!!!

Lara dijo...

Tengo que entrar otra vez cuando veo esa carita tan chica... Pa comerte!!!

Pero otra cosa: ese árbol de navidad que tuvimos todos, escuálido (¿cómo podía ser tan falso, tan escuálido, y que a nosotras nos pareciera un bosque encantado?)... Qué auténtico!!! Y la maceta forrada de papel brillante!!! ¿Es que todos vivíamos en la misma casa?

NáN dijo...

Yo no. Yo no viví en una casa con árbol de navidad. Pero sí creo recordar, al leer esto, que hablé con algún esacalón. Y sé que es mentira, pero me ha gustado tanto que me lo he apropiado.

AROA dijo...

sí sí sí
¡qué bonica la foto!
estuve viendo hoy también fotografías de cuando había pequeños en mi casa... de los que asoman la nariz para ver el belén y al encontrarte hubiéramos podido ser compañeras del cole hoy. mmm... Creo que todos deberíamos poner nuestra cara de niños alguna vez por aquí.
De niños, cuando los escalones eran grandes
y los árboles de navidad estaban encantados... Está bien esta edad pero, ¿y aquella?, y que ya no se pueda volver...
a creer
Si te caes del escalón ahora hay aun más manos para recogerte.
Hasta el miércoles!

Virginia Barbancho dijo...

Es verdad... en tu cabeza siempre suenan las cosas distintas. Debería haber escrito "Arriba se que ya no quedan AQUELLOS sueños"

(Ahora se sueña diferente)

Y esta foto está tomada en la guardería La Abeja Maya (casi ná), en Rubí (Barcelona), y no me dejaron quedarme con el regalo!!!!

Mega dijo...

¡Pero qué frágiles éramos también a esa edad! Yo creo que durante la infancia soñamos con esa fuerza como un modo de contrarrestar el miedo circundante...
Saludos