domingo, 9 de marzo de 2008



Decía que de noche le crecían bolas de barro en las manos. Primero, decía que antes de dormir, le crecía algo. Más tarde, que eran bolas de barro.

Me gustaría saber si aún lo sigue pensando.

También que el tiempo se podía plegar con una pinza de tender la ropa. Apuntaba cada fecha en el calendario y luego, de vez en cuando, volvía las hojas hacia atrás, contaba los días sin marcar, hacía gestos indescifrables como si yo no estuviera (yo fingía no estar, como siempre), suspiraba como si el aire que tuviera dentro fuera un gas corrosivo e irrespirable, se dejaba caer, se levantaba, regresaba, sufría plácidamente.
Era envidiable.

A pesar de mi escepticismo, reconozco secretamente, que fue capaz de hacerme dudar. Afirmación que significa que ya la duda no es secreta. Ni tan siquiera duda. Por mucho que intente decir que no sé, que no afirmo, que no creo, lo cierto es que cuando abres la boca para decir quizá, justo en el momento en que tu lengua titubeante adopta la posición precisa, los labios se estiran, las cuerdas vocales se abren al paso del aire que sube del estómago y por tus labios comienza a salirse, primero lento, luego, rítmico, finalmente a borbotones tu pensamiento, da igual que siembres tu discurso de tantas vacilaciones como te sea posible, que evites mirar a los ojos que tienes enfrente, que juegues nerviosamente a sacarte la negrura de las uñas, da igual. A ese milagro de la duda que se escapa de tu boca, cuando ya no la puedes volver a tragar, a esa duda hinchada que ha sido lo suficientemente fuerte, no le queda más que hacerse certeza; a tí, sin embargo, no te queda más que esperar que se haga caso omiso al respecto.
No digo por tanto, que quizá pudiera plegar el tiempo.
No digo que pudiera convertirse en aguja de coser aquellos días separados en el calendario. Es sólo que, quizá creía que todo sucedía a la vez y a la vez era pasado, no sé. Tal vez, no era más que su manera de verlo, que por supuesto, yo no comparto. No es que piense que en el fondo, lo que has vivido siempre está ocurriendo porque la huella de la vida se acumula y no se borra y se te queda en la espalda cuando dices atrás, no. Ríes, y ya está. Ríes con la mueca torcida del llanto, repartiendo alivio. No agujereas el tiempo. Evitas llorarte a escondidas para que nadie entienda que así te sientes más viva. O más convencida, qué más da.

Y además, a quién le importa.

Seguramente, nunca le crecieron bolas de barro en las manos. Seguramente, dormiría con la cara hundida en la almohada, con los brazos pegados a su cuerpo recto, las palmas abiertas boca arriba y los dedos verticales, largos. Se diría que agarraba fuerte el hueco que se contenía en ellos y que apuntaban muy alto, más aún que el techo. Se diría incluso, que de haber tenido barro en las manos, se lo habría tirado a la mismísima cara del cielo.
bbb

5 comentarios:

Oscar dijo...

Creo que a veces no nos crecen bolas de barro en las manos porque estamos sujetando demasiadas cosas con ellas, y son lastres que pesan lo suficiente como para notarlos pero no tanto como para no acostumbrarse.
Que pases un buen día.

Anónimo dijo...

Las dudas... Y los besos... Una vez lanzados tampoco nadie hace caso omiso de ellos. Tal vez ocurra con todo lo que sale de la boca, quizás porque no viene de nosotros, sino de "dentro" de nosotros. Qué maravilla plegar el tiempo!

Akinogal dijo...
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carmen moreno dijo...

Todos los quizá incluyen un poco de credulidad y un mucho de incredulidad.
Lanzar el barro la cara del cielo podría estar bien, si este se diera por enterado. Precioso texto.

Caperucito Lorca dijo...

Le he dado un repaso a todo lo que tenía atrasado.

De este último en concreto me ha gustado especialmente el final. Se va deshaciendo el relato como una bola de nieve en las manos.

Qué frío. Un beso V.