Cuando veo un jardín privado, siempre se me viene a la cabeza aquel cuento de Oscar Wilde, El Gigante Egoísta. Incluso en ocasiones he creído ver, esondido tras la verja, al viejo ogro cascarrabias de corazón tierno que puso en su fabuloso jardín un cartel de "Prohibido el paso", para impedir que los niños entraran a jugar.
Sin embargo, todos hemos estado alguna vez tras la verja de un jardín privado. Todos tenemos, de hecho, un jardín privado donde encontramos la paz, guardamos tesoros al pie de los árboles, y nos perdemos entre sus senderos, también, de vez en cuando.
Quizá todos albergamos en el fondo a un Gigante Egoísta, pero quiero pensar que, como en el cuento, un día, nuestros gigantes abrirán las puertas de sus jardines y dejarán que entremos en ellos, para que, juntos, podamos jugar.
2 comentarios:
Qué grande, B.B. En todos los sentidos.
Y qué buenos azucarillos...
Si en las palabras habita la cruel vulgaridad,solo nos queda recurrir a Arquímedes y a su Principio para no desbordar:
E = mg = pf g V
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