lunes, 24 de noviembre de 2008


El vacío que observaba me dejaba verle los huesos. De nuevo se mecía como si fuera a lanzarse, como si dudara de la espesura del aire que la rodeaba. Un aire ni gris ni blanco cogido entre las costillas que se le iba creciendo y mezclando. Que se le imponía mansamente.

 

I. Mientras respiraba.

Nunca la había visto tan desnuda. Ahora era una columna arqueada, dos hombros horizontales, una especie de matorral de marfil igual que cualquier esqueleto de libro de anatomía. Posición: sentada. La mandíbula sobre la rótula derecha. Los huesecillos alineados de los dedos se cruzaban sobre la tibia para mantenerla en equilibrio. Según la invadía aquella nada, aumentaba el contraste de una estructura que siempre había estado ahí, entre mis manos. Me sentí algo ridículo y traicionado. Yo mismo, inevitablemente, me deshacía como ella.

En cierto modo me hacía gracia.

II. Verla.

Aunque no quedara ya ni un rastro de carne, ni labios, ni pelo. Aunque la vida se me deshuesara sin quererlo, tuve suerte. Pude ver lo que hacen las cosas invisibles con los cuerpos. Después de aquello ya no he vuelto a ver nada.

No diré que desapareció porque sé que no es cierto
y sin embargo.

Decir que volaba hubiera resultado demasiado fácil.

8 comentarios:

Las Cosquillas del Lobo dijo...

Mantenemos la ficción porque verla volar resulta demasiado inquietante...

Lara dijo...

qué buen final

Microalgo dijo...

Me deja Usted sin palabras.

Virginia Barbancho dijo...

Es que lo fácil... es un poco rollo... ya sabes...

ZenyZero dijo...

Es que en el aire enrarecido de las penurias del alma puede existir ese ser vil que nos contiene. Verlo en la dimesión de un mortal nos hace fuertes.

Un abrazo
Chuff!!

ETDN dijo...

Ahogan tus textos. Dejan sin respiración. Sin posibilidad de volar. En carne viva.

Tan tristes.

Tan auténticos.

Tan buenos.

Deja toda la angustia en las letras. ;)

besazo

Doc dijo...

Curioso... No me ha pasado nunca. Siempre, siempre he visto algo más. Hubo vida, hubo aire, hubo risas. Recuerdos, supongo. Y siempre voló, siempre volaba. Y, por suerte, aún vuela.

ybris dijo...

Así es la mirada del poeta o del artista:
Desnudez del aire entre y sobre los huesos,
sus líneas escuetas,
el recuerdo de su solidez entre nuestras manos,
la atracción de su simplicidad.

Eso es lo que hace lo invisible sobre el cuerpo.
Claro que para eso hay que saber escrutar lo invisible.
Es mucho más que volar.

Besos.